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miércoles, diciembre 12, 2012

Novena Carta

Decía mi madre que los muertos no esperan, porque el tiempo ya no importa para ellos ¿Es esta un tipo de muerte? Porque he dejado de esperar, he andado por la calle y ya el cielo no se cae como piedra, no me hala el pelo, no me pinta la boca para sentirme rebelde y raro, ya no hay piedras allá arriba, vi caer de hecho, te  juro que vi caer del cielo mi piel, que estuvo perdida, y que fue el papagayo de un niño maligno disfrazado de amor. El diablo se volvió a dividir entre todos, ya no habita a una sola persona, respiré otra vez. Esta carta pareciera que se echará a volar. Esta carta ahora late, como late por primera vez un músculo que trae vida y nos dispara a un mundo loco, caminaron mis cartas conmigo, esta lo hará también ¿Lo hará? Y las letras me dibujaron por un instante, entre todo mi blanco y negro, se asomó como una flor, un color nuevo. Me hicieron las letras parte del silencio, porque ellas ahora hablan por mí. Detente dijo esta carta, ya no quiero nacer; yo también he nacido de la muerte. No sientas pena, quise decirle, pero no le dije nada, ya sabrás que a veces me pierdo en mi boca. La carta quiso volar, y la carta yéndose y Platero y nosotros, y Godot que no llega y la boda que no era boda ni de sangre sino salsa de tomate. Y los que no leen, los que leen, y los que creen que lo están haciendo. No eran veinte los poemas, eran setecientos. Y nadie dijo nada.

 Me pediste el mar, y te traje con él también a todos los ahogados; está bien, tú no podías saber que así soy yo. La carta secó el mar de mis ojos y puso una luna menguante en mi boca ¿Es esta un tipo de muerte? Claro que lo es, porque ya el tiempo no importa. Era mi miedo ser un recuerdo, y bueno, ahora lo soy, pero soy un recuerdo que se desnuda. Y que me cuente esta carta, cuando yo no pueda contarme por mí mismo, porque de esta tormenta sólo queda la garúa, y si esta sonrisa es mi muerte, será por eso que no recuerdo para quién escribo ya. Todos los finales nadan hasta donde nacieron las sonrisas del inicio, sólo para morir. Y ahí se quedan, para siempre.

sábado, agosto 11, 2012

Octava Carta

Busqué al final del pasillo tu suéter azul. El pasillo parecía una lengua de ganado gigante en tu ausencia. El mundo es más metafórico sin ti. Estaban abuelas, hijos, novios, amigos, esposos, mosquitos, cristales y ramas. Había plástico, metal, piedras, concreto. Cada cosa, cada una en su lugar. Y estaba yo, viendo todos los ratos ahorcados en púas. Y yo con mis manos marginales de ganas, de todo lo que no se puede. Claro que no estarías al final del pasillo, y no estaría tu suéter azul, ni tus camisas negras. Las letras de esta carta no podrían volverse coral duro para protegerme del choque de los solos. Era mucho pedir encontrarte, con un nuevo color que nadie conociera en el universo, y darle un nombre y cambiar entonces cada mal. Pero, luego de un adiós tan violento y llorado, se vuelve el amor, diablo. Y mi mente de Sodoma te guarda un pedazo puro, que morirá encerrado. No me escondo, sólo corro. En silencio. Porque yo quería silenciar todo el ruido del mundo para tus noches de sueño, y ahora el mundo es motivo de mi silencio, y no hay nada que te traiga. Por eso ya no lloro entre la gente, ahora lloro para mí. Sin suéter azul, ni nadie para cuidar por las noches, sin pasillos normales y con pasillos con lenguas muertas.
Yo te llevé al lugar más secreto y solitario que conocí. Yo te llevé dentro de mí. Lloraría dos peces de sal, por la feroz colonización de tu estafa. ¿Qué se siente? Que te lloren peces de sal. Por eso si tus caricias condensaban los días, claro que el frío me hará sentirte cerca, aunque no estés.  Yo te llevé a mi lugar. A veces te esperaba en ese pasillo. Me encontré con las fotos que te hice, los peces de sal se metieron a nadar en ellas. Te rescaté por un momento y adoré por última vez tu belleza de lobo herido. Volvieron las tardes más anaranjadas, volvieron los recuerdos de mi niñez, volvieron los poemas de Lorca, volvió mi gato perdido, volvieron mis películas favoritas, y las nostalgias de Mecano. Volvió el amor de mi madre, volvió el deseo de amar otra vez, volvieron las primeras cosas que te escribí. Y no volviste tú, tú no volviste. Quizá un día de estos me termine borrando tu adiós.
Adiós.

lunes, agosto 06, 2012

Séptima Carta

Entonces olía como si viniera la lluvia ¿Eras tú? Hace una semana que veo los árboles llorar. A veces también bailan y parecen como si se fueran a salir de la tierra corriendo. ¡Ah! era una tormenta, no eras tú, a veces siempre creo que eres tú. Lleva entonces la tormenta todo ese tiempo en la ciudad haciéndome sentir que el lado muerto que se parece a ti, anda por ahí, lento conmigo, viéndome, claro, soy yo viendo todo así. Puede que sea tonto el paciente, quizá sea valiente si espera algo que llegará. Pero ese no es nuestro caso. Acá hay tanto silencio como para volverme vieja, pero no es el rico silencio para dormir, este silencio tiene la estridencia del mundo y la ausencia de lo amado. Es un nuevo tipo de silencio, y calla cada voz mía, aunque a veces salen corriendo como los árboles en mi cabeza aquellas preguntas que no te hice, ¿No eras tú? Quien traía una luna a mi techo, y tenía el mar en su camisa, y el universo en su mirada. No, no eras. ¿No eras tú? Con Asia en los ojos y América en la espalda y el bosque en el pecho y  África desnudo en mí ¿No eras tú? No, era yo mirándote. Era yo mintiéndome y haciéndote puro. Los puros sufren luego de las mentiras, tú has celebrado. Poco a poco todo lo que te di, vuelve a mí, y ahora sólo espero que sea virgen otra vez. Porque finalmente no eras tú el fin a mi búsqueda y la calma a mis guerras ni el alfil trazando su victoria en este campo santo, dos puntos, mi cama. Después de tanta guerra, hoy el silencio me viste de hombre. Sin embargo aún me arden tus aguijones de dios falso, porque en mi sueños te escapas de mi olvido. Finalizo con pocas letras aunque sean más de trescientas estas palabras. Porque hoy al fin, me he sentido tranquila. Que sea entonces la gloria, cualquier ausencia del dolor que tú me has causado; que sea esa mi gloria repentina.

miércoles, julio 25, 2012

Sexta Carta

Por ley del tiempo todo aquí ha empezado a cambiar. A veces me quedo encerrada dentro de mí, como si fuera una jaula. Y dentro de lo que soy es inevitable que empiece a recordarte. Recordé con esto varias frases de Breakfast at Tiffany's, una película que no vimos juntos, y que de haberlo hecho te hubieras quedado dormido, como casi siempre pasaba. Por ley del tiempo todo cambia, el gatito que vive conmigo ha empezado a crecer; cuando lo llevé a casa me preguntaste: ¿Por qué ahora? y te respondí: Porque me he sentido un poco sola. Tú no lo entendiste. Lástima que no veas al gatito crecer, si en mi cabeza herida el gato pregunta por tu dedo raro que una vez lo tocó. Mi casa también ha cambiado, han tirado una pared, y ahora se ve más grande, pero también más desnuda. Mi cuarto también está cambiando, he pensado en pintarlo color vino, en atravesar una pared con una cinta beige y hacer algo con mis cosas favoritas. Tu foto ya no está. No lo mereces, y yo no merezco soñar tanto contigo. Porque la hora de mis pesadillas es tuya y de tu nueva persona. No deberías salir más en mis sueños. Algunas cosas se van, como se fue tu cepillo dental en la basura llena de papeles de los treinta y dos días seguidos que estuve llorándote. Hay agua tibia ahora para ducharse, ¿Recuerdas cuánto la quería? y a veces estar bajo el agua tibia es como cuando tu nariz de pájaro dormía en mi nuca. Ha cambiado mi cuerpo, brotaron los huesos de mi cadera, y mi cintura se pronunció como para ser agarrada. Pienso en vano y en contra de mi voluntad que quizá te gustaría. Pero este cambio me lo hizo la tristeza que me echaste encima y que día a día trato de quitarme. Eres la hora del diablo y ninguna cosa valiente habita en ti. Un dolor me azotó una noche fuerte, pensé que acabaría en el hospital, recordé tus dolores y yo cuidándote de noche, y claro. Claro, claro que no estuviste ahí para cuidarme. Ha cambiado también la lluvia, a veces me huele a papel quemado, me recuerda a tus pies dibujando en mi vientre, a tu cabeza de erizo blando recostado en mi nido de piernas. Nada pasa ahora, y qué pena que ese no fueras tú, y qué pena que siga lloviendo mientras yo, bloqueada a todo contacto, marcada únicamente por tus pulgadas, ya no me nazca estar con nadie. Los días se cansan. Quizás yo también he cambiado, ya no estoy roja, no estoy temblorosa y el mar parece haber cedido a mis ojos. Entonces, vino la noche. Pero yo ya estaba ahí. Sin embargo, aún hay tristeza, en recordar, un proyecto fallido, a ti, quien fuiste, quien creí, el más llorado, mi bienquerido ladrón, la persona que nunca fue, a quien conocí sólo mientras se iba.

domingo, julio 08, 2012

Quinta Carta

Si aún pudiera hablarte en este momento, que es mi momento más solo en el día, te preguntaría esperando humanidad ¿Has tocado fondo? ¿Cuánta valentía o cuánta desesperación hay en eso? Sin embargo, yo tan roja, con tanto ardor en el estómago y con la cara tan mojada, contigo, toqué fondo. Y todo porque tú me acostumbraste a informarte todo, al llegar, al salir, al comer, al hacer cada cosa. Aunque tú en los últimos tiempos, no cumplieras esa condición. Claro que hay valentía, y sangre caliente, y alma herida, para decirte: No te vayas. Y llorarte todos los días, e irme a las escaleras de tu casa, y llorarte en ellas, y que a ti simplemente te irritara hasta apretar los dientes y agarrarte la cabeza. Eso es tocar fondo. Y recuerdo cuando tú  lloraste en mi cama, y dijiste: No me dejes nunca. Mi alma vibró tanto, que yo también lloré y te abracé y te sobé la barriga para dormir. Qué diferencia. Y puede uno cuidar setecientas noches el sueño de alguien, curar nueve fiebres, y sobarle la barriga para hacerlo dormir, y luego esa persona, bajará su mirada al encontrarse contigo en la calle. Y ahora sigo tan roja y seca y con tanto ardor en el estómago, y tus manos que viven a quince minutos no harán nada por mí. No hay pecado en dejar de querer a alguien, esas cosas pasan. Pero tiene mucho de malo en fingir y no advertir a tiempo. En decir palabras de amor y que sean bolsas vacías que me asfixiarán hasta tu olvido. Ya no están mis pies en tu boca, ni mi mano en tu barriga, ni tus ojos sobre mí, ni tu manía de desvestirme cuando la puerta cerraba. Están aquí en el charco que soy, todas las promesas que olvidaste cumplir. Me he cortado el cabello, igual se me cae a montones desde que te fuiste y no fuiste valiente para admitirlo. El cuerpo se me marchitó un poco. Eso es tocar fondo. Cuando has amado a alguien deberías vibrar cuando esa persona llora, no deberías fastidiarte. Y menos si eres tú quien lo causa. Este cuarto aún te proyecta, y a veces la tarde trae el eco de tu voz suave, con un tono casi fingido. Mi ropa te proyecta desnudo, y ahora tengo que sacar mi tristeza tuya, de mi ropa.  Tengo un frío que no se quita con nada. Tú ahora sólo recuerdas lo malo, para aliviar tu mente. Tú que no admites, yo que te lloro y pido perdón por mis errores y los tuyos, y tú bajas la mirada, y sigues con tu vida. Eso es tocar fondo.

martes, julio 03, 2012

Cuarta Carta

Quise decirte que escribí mucho esperando cambiar algo, podría decirte que el día de trabajo fue infernal e injusto, debería decirte que no vuelvas si no es para hacerlo bien. Que tengo un plan para el futuro aún, que el rato solo sigue siendo eterno, que la distancia espaturra el ánimo, que me tiré en el suelo a contarme los dolores, que cuando va mal me falta contarte, que es una mierda que hagas cosas que me decías nunca harías, que mido ahora medio centímetro más, que se me notan más los huesos de la cadera, que cuando quitan la luz aún quiero quejarme contigo, que ahora detesto las cosas pares, que será aún más triste el mar del quince si tú no estás, que ya no tengo fines de semana, porque eso eras tú. Que me siento sin hogar, que tus piernas de primavera aún fabrican suspiros aquí, que tu aliento de sandía le devolvería el sabor a mi boca, que me duermo con tu mano fantasma en mi cintura. Pero tú no has estado, tú no has sabido estar, tú. Tú menospreciaste mis hábitos, tú viste molestia en mi tristeza, tú sentiste incomodidad de mi intimidad, tú dejaste de ver mi cama como tu cama. Y yo volveré a levantar muros, me pediré el perdón que tú no supiste. Quise decirte, podría decirte, debería decirte. Pero tú y yo, ya no estamos. Y cuando dijiste "te extraño" yo quise probar cuánto, pero el obstáculo te ahuyentó, como a toda la gente floja y tu silencio delató como siempre, tu apatía, y tu falta de interés. Quise decirte, podría decirte, debería decirte, que de nada sirve extrañar, si no eres capaz de hacer algo para remediar ese hecho. Pero esto seguro no cambiaría nada.

viernes, junio 22, 2012

Tercera carta

Mamá, estoy roto otra vez. Otra vez, aunque antes no lo haya dicho. Dirás que soy aún muy joven para decir esas cosas. Pero mamá, yo siempre he tenido esta forma de sentir intensamente creadora y destructora. El motivo de estas letras, es que he considerado hoy, que al despertar de todas mis soledades, siempre he podido recurrir a ti. Quizá sea verdad que todos volvamos a donde pertenecemos. Sin embargo ahora sé, que cuando tú no estés, seré la persona más solitaria del mundo. El amor no siempre basta, y si no basta entonces te abandona.
Mamá, tú no fuiste la mejor madre del mundo, pero sin embargo fuiste una de las que más luchó. Mamá, ¿No es acaso injusto? que el mundo se detenga, nuestro mundo interno claro. Por esas decepciones que quitan un pedazo de vida. 
A veces soy pura tristeza, lo lamento. 
Ahora mismo me darías uno de tus pesados consejos, que no hacen mucho por mí, de esas frases que buscarán que yo sienta, que esta potencia es tontería. Pero no lo es. Tus consejos intentan ayudarme, por querer que yo no sufra. Y eso es porque también eres papá. Ese es tu lado padre, el de tratarme mal, por querer hacerme bien. Mientras estés en este mundo eres la prueba de que yo no estoy solo. Pero alguna vez, alguna vez esa prueba me convertirá, y reclamaré aquel trono salado y azul.
De momento sigo alquilado a ciertos días oscuros, a la amargura que precede el indefinido don o maldición. Sentir las cosas de este modo. Entre la voz de uno de mis llantos, salió tu nombre. Saberme aún contigo, aliviana las piedras que llevo.
Aún así te diré que estoy bien. Mamá.

martes, junio 19, 2012

Segunda Carta

No hubo plan, ni conquista, ni gesto, ni sorpresa. No había nada, sólo el intento de ciudad esperándome. Tan geométrico y aburrido, tan caluroso y pestilente. No hubo rescate, reconquista o importancia, no hubo sonrisa salvadora o lágrima de perdón, no hubo delicia en la voz ni acto escondido entre los dedos. La verdad es que no hubo nada, nada más que una cáscara vacía, una piel dejada de los días que alguna vez viví. Los días donde no estabas tú.
Estaba la tarde tan rasgada, y los perros de ladridos estridentes, y los extraños sonriendo con el diablo adentro, y las voces de la salvación rota. Siempre que la gente habla de la tristeza fría y azul, me doy cuenta que aquí, en esta esquina del mundo, la tristeza es caliente y gris.
Me conocerán por mis hábitos, mientras mantengo siempre la lucha contra la melancolía de todas las horas, que se me engrapa siempre a los tobillos. No hubo encuentro, ni una santa impresión para aferrarse y olvidar, tampoco hubo lucha. Yo ya estuviera luchando, eso lo sé, yo ya estuviera aquí, con el gesto, y la sorpresa, y la salvación, y la tarde, y la piel viva, y las palabras, y el tacto oculto de los ojos ajenos, con la boca lista para besarte como si fuera la primera vez. Por eso quisiera que la culpa fuese mía, para saber qué hacer. Pero no hubo rato grato, ni palabras, ni bandera blanca. Al final de la tarde sólo estaban los retazos de piel, que me dejaste colgando. Qué peligrosas son estas despedidas que cuestionan tus sueños.
Sobre todas las tristezas de mi mundo no hubo resurrección
¿Ves cómo se ha vuelto la tarde? El mismo rato en que se declara la pena de muerte a mis esperanzas. Cruel, vacía y harta de llorar, una parte mía empieza a olvidarte. Y todo, porque tú no hiciste nada.

domingo, junio 17, 2012

Primera Carta

Falló también la lluvia, como falló el día en ocupar mi cuerpo, yo no estaba aquí. Yo me quedé sola y deslumbrante, quieta y seca en un momento, el momento de la partida que te pronuncia una y otra vez en mi cabeza. Y tú que tanto te quejabas, que tanto te decías feo, ¿Dónde está tu fealdad? ¿Dónde se te quedó? Que te fuiste y no luchaste al ser descubierto. No lo suficiente ¿También le dirás a ellas que eres feo? Y tú que tanto te quejabas. Yo siempre preferí un hombre con barriga y barba, por cuestiones de comodidad y cosquillas. Acá las baldosas lloran, y falla la lluvia, bueno, están las gotas, caen, se resbalan, es ridículo. Que los días empiecen con guerras, que las noches terminen con conversaciones a solas, que continúen al despertar.
¿Cuánta tristeza cabe en un cuerpo? Qué conveniencia, que sea tan leve la felicidad y tan pesada la melancolía ¿Te has puesto a pensar por qué no será al revés? Acá son las diez de la mañana, pero parecen  las diez de la noche. Me pregunto si el frío en mi cuerpo, tendrá algo que ver con la lluvia en tu ventana. Hoy no me quise peinar, ya no siento responsabilidad con ser mujer, por verme guapa, linda, como la gente dice. Con tanto mar en los ojos, no quiero que nadie, pero nadie en estos alrededores, ni en las montañas de un pueblo gris e infernal, me vea.
Falló también la tranquilidad en querer hacerme caso, fallaron las horas en pasar, el sueño en durar. Me entrenas, mal amante, para ser una muchacha que no pregunte ya. Claro que todos mentimos, sólo que algunos en peores momentos. Qué mala fue tu elección, que mala elección fue. No puede uno disculparse por errores ajenos.
Será entonces, y hasta nuevo aviso, una vía abandonada esta cintura escondida y esta cadera de huesos que te extrañan.