miércoles, diciembre 21, 2011

Un Recuerdo del 68

María corre lo más fuerte que puede, llegaría tarde el día de la toma de la foto escolar. María corre y lamenta más que nunca que el único par de medias que le quedaban limpias no tuviesen ligas, y ahora estorbaban demasiado al correr. Lamenta que el hambre le pegara en el estómago como si "Vicente Paúl Rondón" le hubiese dado un gancho directo a la barriga. Lamenta que el día que pudo ir a la escuela sin uniforme, no tuviera un mejor vestido, que ese viejo vestido azul, que era como de muñeca de trapo. Pero sobre todo lamenta tener que estar corriendo con César, su hermano mayor, por haberse robado un cambur. No siempre una vecina tiene la bondad de regalarte dos bolívares que puedes usar para la foto de la escuela, y era una lástima que no sobrase entonces para aquellas frutas en cuestión.

María Sujeta con precisión y cuidado el cambur que le acababa de robar al portugués de la frutería para que no se le espachurre. Pudo haberse robado otra cosa, por ejemplo zarcillos, estaba harta de meterse hilos para que no se le cerraran los huequitos de las orejas. Pero el hambre siempre puede más. María corre lo más fuerte que puede, piensa si César habrá podido escapar, pero apenas piensa esto, César pasa como una bala perdida corriendo y riendo por su lado, dejándola detrás y brincando el pequeño muro amarillo, que se atravesaba en la acera para alejarse cada vez más del portugués. Al momento en que a María le tocó saltar, el hábil portugués lanzó como un meteoro, una piedra, que en cámara lenta y mientras María bailaba en al aire alcanzaría su cabeza para traerla directo al piso, entonces sus rodillas se enrojecieron y ardieron, María rodó un poco para rápidamente ponerse de pie, chillar, retomar el equilibrio y entonces, el vestido azul que parecía de muñeca de trapo se ensució un poco más. El portugués a lo lejos maldijo y se rindió. Corriendo un poco más lento María se lleva la mano a  su cabello y un rastro de sangre mancha su mano: Ahí vinieron los nervios.
Entonces como quién se acuerda de algo urgente, se lleva las manos al bolsillo y asustada revisa si aún posee las cuatro monedas de cincuenta céntimos que usarían para las fotos escolares. Esos buenos dos bolívares.
César no aparecía. María decide seguir a la escuela sola y colarse rápidamente en el parque de la escuela, porque a diferencia de los baños, el viejo chorro del parque siempre guardaba agua. Se acerca esquivando miradas al viejo chorro y se lava las manos, la cara y las rodillas, que arden más que nunca. Se moja el cabello y se hace dos trenzas, su cabeza late y ella espera que el agua se lleve todo. Finalmente como quién no tiene nada que hacer se sienta en el columpio de cadenas duras y cobrizas, sobre la tabla agrietada con indicios de moho, María se balancea lentamente. Trata de secarse las manos en el vestido, y entonces pela el cambur y se lo come. La preocupación por salir con el vestido lleno de sangre en la foto casi le ganaba al hambre. Por otro lado, el miedo de que su mamá se diera cuenta que tenía la cabeza rota le ganaba a la preocupación por el vestido.
María sabía que robar no era bueno. Pues  no era, ni quería ser, de la clase de persona que roba. Ella no lo hizo por diversión, a diferencia de lo que hacían los amigos de César, ella lo había hecho por necesidad, se repetía eso en la mente pensando que Dios era alguien capaz de leer nuestras mentes, pues Dios debía saber que la necesidad le quitó el hambre pero le dejó la cabeza rota.
Minutos después llegó César, riéndose como si la pobreza no importara, riéndose como siempre. La profesora les llamó, y entraron al salón a tomarse la foto. Los ojos de María parecían prestados por un búho, aquellas pupilas dilatadas, profundas y oscuras como agua negra. De pronto todo fue dudoso, María sintió náuseas y sintió que  el mundo se batía como una lavadora. La foto había quedado triste y sepia. Quizá todo estaría bien, pero después de eso la esperanza olía a vómito.